27 de mayo de 2009

DE TOLAR GRANDE A SALAR DE POCITOS.

Nuevamente nos volveríamos a Salta, pero previo a ello la Puna Salteña nos depararía otra grata sorpresa más.
Habíamos contado que había amanecido muy nublado y que durante la última noche en Tolar Grande había llovido. Esta lluvia se transformó en nevada en los altos de las montañas. Así fue como Tolar Grande nos ofrecía su última postal.

Con este paisaje nos despedimos y emprendimos camino por la Ruta Provincial 27. Tristes, con muchas ganas de quedarnos, saboreando los paisajes, deleitándonos con sus gamas de colores, pensando en vaya saber cuando volveremos a verlos...sin dudas el comentario fue a lo largo del viaje un "tenemos que volver....vamos a volver y escalaremos el Llullaillaco... o el Macón". Lo cierto es que esa sensación que compartimos a lo largo del viaje de vuelta junto a José fue una sensación de habernos quedado enteramente satisfechos por lo conocido, pero con ganas de conocer mucho más aún y así se lo hicimos saber.
Pese a esta sensación triste, contradictoriamente nos encontrábamos muy pero muy felices y aún nos faltaba por ver muchas cosas muy lindas.




Así fue como primero pasamos por el Abra de Navarro y pudimos ver el Macón nevado, luego pasamos por el Desierto del Diablo y las Siete Curvas en donde nos tomamos varias fotos, entre ellas las tres primeras con la postal de La Catedral de fondo y el Desierto del Diablo, más atrás y bien visible se puede apreciar las montañas nevadas. A esta altura José se mostraba tan sorprendido como nosotros de semejante nevada en pleno enero.
El camino luego se tornó un poco monótono en el Llano de la Paciencia razón por la cual aprovechamos para intercambiar opiniones e impresiones sobre el viaje con José.
A nuestra llegada a Salar de Pocitos el día se presentaba soleado y las montañas que tenemos por delante muy nevadas. En efecto, allí se levantaba el Quewar totalmente cubierto por nieve, ese mismo gigante que tres días atrás habíamos visto en un paisaje muy pero muy distinto.
Y así es como es la Puna, te sorprende, te atrapa, te enamora, de sus paisajes, de su soledad, de sus contrastes, de sus colores, de la fuerza de su naturaleza, arrolladora, salvaje, cruda y muy dura pero esencialmente maravillosa.


Pero si con esto creen que es todo...entonces esperen a ver la próxima entrada y verán que la Puna tiene cosas que seguramente no verán nunca en otros lugares...
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